Vinos rosados: la tendencia que vuelve con fuerza
- Elena Brotons Burgos
- 27 may 2025
- 3 min de lectura

Hubo un tiempo en que el vino rosado era considerado por los más urbanitas como el primo cursi del tinto, el eterno segundón, el poco serio. Se decía que no era vino porque no era ni blanco ni tinto. ¡Qué ignorantes éramos! Mientras en las ciudades mirábamos por encima del hombro a estos vinos, en la España rural y vitícola, los viticultores y bodegueros bebían sus vinos claretes y rosados con gran gusto. En Cigales, en los pueblos que conforman la Ribera del Duero burgalesa o en Navarra, es todavía habitual ver a los profesionales de la vid consumiendo con sumo placer tanto claretes como rosados.
Por suerte, como todo en esta vida, los gustos cambian y esta tipología de vinos ha dejado de ser el “vino rosa” para pasearse con orgullo por terrazas, catas de vino y perfiles de Instagram. El rosado ha vuelto con más fuerza que nunca. ¿Acaso se llegó a ir, aunque no lo bebiéramos en las ciudades?
¿Qué es un rosado y por qué eso importa?

Empezando por lo más obvio: no, no es una mezcla de tinto y blanco. Los rosados se elaboran con uvas tintas, usando técnicas que permiten extraer solo parte del color de la piel sin llegar a los tonos oscuros de los tintos. Las principales técnicas de elaboración son:
Prensado directo: las uvas se prensan suavemente y el mosto se separa rápidamente, creando rosados pálidos, frescos y con aromas delicados.
Sangrado: se deja que las uvas tintas maceren con sus pieles durante unas horas; luego se “sangra” parte del mosto para hacer un rosado más intenso y con más carácter.
Clarete: técnica tradicional española que mezcla uvas tintas y blancas, con resultados frescos, afrutados y con toques rústicos.
Elaboraciones especiales: como el rosado madreado de Castilla y León, elaborado con la uva prieto picudo, que da lugar a vinos intensos y tánicos.
Cada método da lugar a un estilo distinto, afectando color, cuerpo y estructura. No todos los rosados son iguales, y entender esto es clave para disfrutarlos.
De marginado a deseado
Durante años fue el eterno incomprendido, relegado al verano y a copas con hielo. Hoy, los vinos rosados son una tendencia firme y se codean con los grandes. Son versátiles, frescos y elegantes, capaces de acompañar tanto un picnic como una cena de invierno.
¿Qué ha cambiado? Todo. Las técnicas se han refinado, se ha experimentado con uvas y métodos distintos, y ahora los rosados no solo son bonitos, también son interesantes. De ser un vino de compromiso en los portfolios de las bodegas, han pasado a ser un producto trabajado, con carácter propio.
El estilo provenzal, de color pálido y matices sutiles, llegó de Francia y conquistó nuestras mesas, inspirando nuevas formas de elaboración también aquí. Así, los tradicionales rosados intensos conviven ahora con vinos más sutiles y complejos.

Hoy el consumidor es más curioso y abierto. Buscamos vinos que se adapten a distintas situaciones, estacionales y gastronómicas. Por eso, cada vez más bodegas apuestan por rosados de gama alta.
¿El final de esta historia?
Si aún dudas del rosado, te animamos a dejar prejuicios atrás. El rosado no es una moda pasajera: es un vino con identidad propia, con historia, técnica y un presente vibrante. Desde Utiel-Requena, Cigales y Navarra hasta los claretes de la Ribera del Duero, España ofrece grandes ejemplos que vale la pena descubrir.



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